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desforestación

El Cambio Climático está comenzando a afectar a gran parte de las naciones del planeta. Estas repercusiones son en algunos casos positivas y en otras negativas, sin embargo en algunos aspectos que pudieran parecer favorables, como es el aumento de la pluviosidad en algunos países, sus efectos pasan a ser un desastre natural de grandes proporciones que escapan a la realidad tradicional del comportamiento de sus ecosistemas, como ha ocurrido en este último año en Alemania y otros del sudeste asiático. Esta situación está afectando negativamente a Chile, con una progresiva disminución de la pluviosidad, la que a su vez facilita el avance del desierto hacia el centro del país. Recordemos que cuando Pedro de Valdivia llegó a Chile a comienzos del siglo XVI, existían bosques importantes desde Atacama al sur, sin embargo hoy solo quedan algunos resabios como por ejemplo el Parque Nacional Fray Jorge en la IV Región.
Este avance desértico debe ser revertido bajo una concepción de sustentabilidad y sin afectar el desarrollo nacional, que es la meta de todos los chilenos que anhelan mejores condiciones de vida.
Al analizar el tema, se podría señalar que es posible detener el avance del desierto e idealmente regresar a épocas pasadas sin afectar el desarrollo nacional, siempre y cuando se ejecute desde una perspectiva de sustentabilidad, pensando en los derechos de las generaciones futuras y en la necesidad de desechar cualquier avance que no cumpla con los requisitos mínimos de sostenibilidad a base de recursos renovables no convencionales, lo cual se aplica especialmente a la generación de la energía tan necesaria que requiere nuestro país, como también al funcionamiento de la minería en el país.
La desertificación constituye una creciente amenaza al desarrollo no tan solo chileno, sino de numerosas naciones, pudiendo considerarse una destrucción sin retorno en la vida humana de los ecosistemas que son afectados, situación plenamente aplicable a los valles nacionales que cortan sucesivamente el territorio nacional en dirección este – oeste.
Este problema no respeta ni sigue el curso de las fronteras, las cuales constituyen límites artificiales desde el punto de vista natural creados por el hombre, aun cuando las propias zonas geográficas establecen fronteras naturales que han condicionado y determinan el comportamiento de la vida humana.
Por tanto es deber del hombre moderno, con competencias y conocimientos claros de los problemas que el Cambio Climático global está generando y que provocará en los años futuros, enfrentar estos problemas y en el caso de la desertificación, aun cuando sea un problema internacional, afecta directamente un territorio de alguna nación, en este caso de Chile, debiendo su gobierno y sus ciudadanos, adoptar las medidas necesarias para detener y revertir esta situación.
El problema es serio y no debe dejarse de lado, ya que “en el caso de Chile, 48 millones de hectáreas, dos tercios de nuestro territorio, sufren en mayor o menor medida la desertificación, afectando a más de 1,5 millones de compatriotas” (Diario El Mercurio Martes 25 de junio del 2013. Cuerpo A. Página 2). En el caso de estos últimos afectados, se debería señalar que la realidad indica que al menos todos los chilenos que habitan desde Chillán hasta Arica – Parinacota, están siendo afectados, por tanto el problema es bastante mayor al involucrar a gran parte de la población chilena que está comenzando a sufrir sus efectos.
Al recordar los sucesos acaecidos en África durante el último cuarto del siglo XX, se identifica a la desertificación como el factor causante de millones de muertos, falta de tierras agrícolas, insuficiencia alimentaria, desplazamiento de poblaciones y numerosos conflictos, pudiendo considerarse que más allá de hechos mismos como la guerra o conflictos bélicos en general, la desertificación constituye el segundo causante de las catástrofes que ha debido enfrentar el hombre en su historia reciente.
La posición geográfica de Chile en el mundo, es una poderosa herramienta que permitiría mitigar los efectos de la desertificación, sin embargo no se puede abusar de ello aceptando sin mayor cuestionamiento por ejemplo que la Región Metropolitana llegaría a tener las condiciones naturales de la IV Región y que la pluviosidad y el ambiente tradicional de Santiago y zonas cercanas, se trasladarían más al sur del país o que la desaparición de tierras agrícolas sería compensada con nuevas que se incorporarían con otras condicionantes.
Consecuente con todo lo planteado, el combate contra la desertificación constituye un deber nacional que debe inspirar las políticas públicas y también las normas legales que obliguen a que el desarrollo del sector privado contemple efectivas fórmulas de participación en esta desigual tarea, a la cual debe sumarse la totalidad de la población, ya que todos sin distinción de ninguna índole, pueden tener un lugar en esta confrontación.
El éxito de esta operación anti desertificación traerá como consecuencia, además de contribuir al desarrollo nacional y al logro de una mejor calidad de vida, a contribuir a reducir el proceso del Cambio Climático y Calentamiento Global, el que unido a los esfuerzos de otras naciones podría llegar a tener consecuencias importantes.
También obtener un triunfo sobre la desertificación significará reincorporar tierras agrícolas que actualmente sufren un alto grado de deterioro o bien ya están abandonadas, mejorar el funcionamiento de la minería al reducir costos, posibilitar nuevas actividades industriales y desarrollos locales, incorporar nuevos mercados, etc.
El país ha desarrollado una exitosa política sobre esta materia que se inicia en 1976, la que ha permitido que Chile sea reconocido como una de las tres naciones del mundo que han aumentado su superficie boscosa independiente del incremento de las capacidades de la industria forestal y sus exportaciones que han crecido fuertemente en los últimos 40 años, situación que es un buen indicio de que las cosas desde un comienzo se hicieron bien y las consecuencias se perciben hoy día.
Es importante considerar como un elemento básico en la lucha contra la desertificación a la construcción de embalses. Lamentablemente entre el año 2000 y el 2011, no se planificó ni se incorporó ninguna de estas obras, continuándose perdiendo el agua tan necesaria para la vida humana en el mar, lo que demuestra una ineficiencia estatal, una irresponsabilidad total y una falta absoluta de visión para enfrentar los problemas de la sustentabilidad nacional y las situaciones futuras que se prevén. Al año 2013 esta situación se quiere revertir en parte, solo un 30% con la construcción de 16 embalses ya que actualmente desemboca en el mar el 84 % del agua dulce. Sin embargo, aun cuando sea poco que se planifique para recuperar dicho 30% esto constituye un avance sin precedente en los últimos 20 años, que merece ser destacado y reconocido por los efectos positivos que tendrá para el país.
Es necesario que el diseño nacional que oriente el desarrollo sustentable de Chile, debe aprovechar las experiencias de países más avanzados, los cuales han considerado dentro del medio ambiente y como parte fundamental de él, a las acciones políticas, sociales, económicas, de seguridad nacional, educacionales y otras que se involucran directamente con la sostenibilidad de su territorio, en nuestro caso el chileno, de sus habitantes y de como ellos usan los ecosistemas para acceder a mejores condiciones de vida.
Hay que insistir y tener claro las implicancias que implica la necesidad de posesionar el desarrollo sustentable, tema asumido teóricamente por todas las naciones de la tierra, pero que sin embargo no se cumple integralmente o como uno quisiera, insertarlo claramente en nuestras conciencias, porque los ecosistemas en los cuales nos insertamos y desarrollamos nuestras vidas, sus bosques, sus tierras, lagos, mares, cordilleras, montes, nieves, minerales, plantas, animales, etc, los hemos recibido de nuestros antepasados y constituye un deber ético – moral entregarlos al menos en las mismas condiciones a las generaciones futuras, las que juzgarán si se hicieron bien o mal las acciones, las que traerán efectos que los afectarán negativamente y también sus beneficios.
Finalmente se puede señalar en forma fundamentada, que el ser humano del siglo XXI posee las competencias adecuadas y específicamente el chileno que ocupa los ecosistemas nacionales, los que dirigidos por un buen y eficiente gobierno, están en condiciones de detener exitosamente el avance del desierto y retrotraer en el futuro este grave problema ambiental, compatibilizándolo con el desarrollo sustentable del país y garantizando un crecimiento con calidad de vida para todos los ciudadanos que lo habitan.