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Diferentes sectores de la humanidad se habían planteado ilusiones en pos de un mundo mejor,  pensando en una repetición de las repercusiones de la “Cumbre de Río de 1992”, que tanto bien trajeron para el desarrollo de la actual civilización.  Cuesta tomar nuevamente este tema, que ha sido un virtual fracaso y una falta de visión de futuro, pensando solo en lo actual y no en las próximas generaciones que nos sucederán.  Participaron 191 países con una asistencia de ciento veinte Jefes de Estado y representantes especiales de aquellos que no acudieron personalmente a esta trascendente cita internacional, a los cuales se deben agregar más de cincuenta mil ambientalistas de todas las posiciones (desde aquellas más moderadas hasta las excluyentes ecológicas extremas), quienes deliberaron en diferentes niveles sobre el Desarrollo Sustentable y en especial, cómo direccionar el planeta hacia una economía más verde.

Cuando se habla de una economía más verde, nos estamos refiriendo a una actividad humana donde predomine el concepto y doctrina de sustentabilidad en la forma como se ha entendido desde la Cumbre de Río de 1992, es decir, utilizando en los procesos productivos elementos que sean renovables, buscando con ello no afectar a las futuras generaciones.

El Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki – Moon, señaló al referirse al informe final, que “era un buen documento, una visión sobre la cual podemos construir nuestros sueños”, palabras con mucha buena intención, pero decepcionantes, dado que este acuerdo carece de metas concretas, responsables y materias específicas, ya que durante la ejecución de la cumbre, predominaron las divergencias y falta de consenso, además que uno de los mandatarios más importantes como es el Presidente de los Estados Unidos, no asistió.  El documento suscrito por la casi totalidad de las naciones participantes en esta actividad internacional, se podría considerar indeterminado, vago o impreciso y lo principal, que no responde a la realidad que vive la humanidad en los comienzos del siglo XXI.

El fantasma de la crisis europea e intereses particulares pareciera estuvieron presentes en la mente de las principales delegaciones, quienes lamentablemente, con una falta de visión de largo plazo, privilegiaron la actual situación de la economía mundial, sin pensar en las repercusiones que deberá enfrentar la humanidad en el futuro.  Sin embargo, a pesar de los escasos resultados, el hecho de asistir se puede considerar destacable, ya que a pesar de los limitados avances y cuestionamientos, es positivo debatir estos temas.

Cualquier persona que se interiorice sobre las motivaciones y resultados de esta cumbre internacional, constatará que las amenazas que se ciernen sobre la humanidad son inevitables, debiendo en el futuro enfrentarse las crisis y conflictos que se sucederán derivado del cambio climático, la escasez de agua, el desplazamiento de vastas poblaciones, entre otros efectos, síntomas y repercusiones que están avaladas integralmente desde el punto de vista científico, cuyos análisis y conclusiones son irrefutables.  Los gases tóxicos, la contaminación de las principales ciudades, la destrucción de los bosques, el empleo intensivo de hidrocarburos procedentes de fósiles, el agotamiento de recursos naturales, etc, están causando y en esto existe unanimidad científica, un daño que podría ser irreparable para el hábitat que ocupa el ser humano en el planeta.

La población mundial se incrementará superando los nueve mil millones de habitantes para el año 2050, asimismo en esos años se notarán con fuerza los efectos desastrosos del cambio climático, afectando negativamente los requerimientos básicos de agua, alimentos y energía.  Será ella la que sufrirá estos graves efectos.  Las actuales generaciones que están entre los 10 y los 30 años de edad, enfrentarán esta realidad y se preguntarán por qué nuestros padres no previeron esta situación, somos nosotros los que estamos sufriendo y no podemos hacer nada.  A mediados del presente siglo, poco es lo que podrá hacerse y justamente se podrán preguntar: por qué no se limpió el planeta en las primeras décadas cuando nuestros progenitores eran los responsables.

La reflexión anterior es lo que pretenden numerosas organizaciones internacionales, donde la posición de Naciones Unidas respaldada desde el punto de vista técnico y científico ha sido muy clara al respecto, pero los Estados miembros no han estado a la altura del desafío que implicó Río + 20.

La realidad que ha seguido a esta reunión internacional es pensar en una posible esperanza para la humanidad, la que hoy día queda radicada, a no ser de que exista antes del 2020 una sintonía y un amplio acuerdo mundial que signifique un vuelco en el desarrollo económico y social internacional y al interior de cada Estado, en un posible avance tecnológico de tal magnitud que minimice y mitigue las graves previsiones ambientales futuras.

Esta esperanza se basa exclusivamente en que el desarrollo científico y los avances tecnológicos históricamente han contribuido a mejorar el mundo y a permitir un desarrollo de la humanidad nunca antes visto en su historia.

También es reconfortante, que en una de las reuniones paralelas, los alcaldes y responsables de la conducción política y administrativa de las principales ciudades de la tierra (57 ciudades), acordaran metas ambiciosas de reducción de Gases Efecto Invernadero (GSI), involucrando en este compromiso a más de quinientos cuarenta y cuatro millones de seres humanos.